• Sábado , 29 Abril 2017
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COLUMNA DE OPINIÓN: “EL MITO DEL DESCUBRIMIENTO” POR DANIEL GOMEZ

El mito del Descubrimiento

Por: Daniel Gómez, Profesor de Historia, Comuna de Quilicura, Región Metropolitana.

 

Chile, al igual que todos los países del mundo, ha nacido al alero del sincretismo cultural. Esta afirmación puede parecer un poco violenta para quienes sostienen la idea de que el concepto de pureza y el de cultura pueden hacerse concretos si miramos de cerca y reparamos en elementos que, fuera de toda discusión, deben ser el eco de algo más grande y sagrado que nuestro presente. ¿Cómo sino cuestionar al aguerrido espíritu del mapuche, las consignas libertarias de los héroes de la independencia o los profundos idearios republicanos de tantos pensadores a lo largo de nuestra historia? Sostiene alguien, que esto es prueba univoca de nuestras raíces rebeldes como pueblo y que se genera como la obra que se auto cincela para gloria de sí misma. Mas ¿Quién querría mirar más allá de las estatuas de mármol consagradas durante tanto tiempo que son estos elementos? La historiografía nos remite a cuestionarnos estas cosas cuando nos invita a reflexionar no solamente en la intención implícita que carga cada palabra que evocamos, sea cual sea su consigna, sino también cuando vemos la sombra de lo que decimos, lo que queda fuera de discusión, aquello que remueve lo sempiterno.

¿Para qué -podríamos preguntarnos- es necesario oscultar más allá? ¿Por qué debiéramos considerar a los pueblos que existieron antes del asentamiento del mapuche en la Araucanía o a los desplazados Huilliche, a las masas invisibilizadas por la censura hasta la conquista del voto femenino en 1934, cuando reparamos en la dirección de las elites a lo largo de la historia que enseñamos en las aulas? La irreflexividad de estas cuestiones no solamente torna en letra muerta toda observación de la conformación de nuestra cultura, sino que, en adición, nuestras mentes van adquiriendo la solidez de lo que aprendemos a contemplar y defender.

Por supuesto que estas cuestiones no son una invención nuestra. Chile en sí mismo es una suma de elementos que provienen de culturas que también representan síntesis, más o menos violentas, de otros pueblos. Todas ellas con sus propias sombras, sus omisiones, sus glorias y sus elementos sagrados. Al reconocer esto podemos atrevernos a realizar ciertas reivindicaciones. Un caso emblemático es el descubrimiento de América. Podemos constatar que ahora no es más un descubrimiento, sino que el encuentro entre dos mundos. Estamos en presencia de un nuevo conocimiento otorgado por una ¿nueva? perspectiva. Dos mundos que se encuentran es tanto mejor que uno descubriendo al otro. Le otorga voz y reconoce la legitimidad de sus creencias y su capacidad de conocer la realidad al que aún intuimos, por cierto, como el más favorecido por este encuentro. Después de todo, ¿Qué elemento valioso ha podido ofrecer culturalmente “el mundo” americano a Europa? Nuevas perspectivas son nuevas sombras, así como nuevas verdades son otra vez, objetos de contemplación de lo que creemos una mejor eternidad que la anterior.

Esto nos lleva a preguntarnos, dentro de nuestra realidad sincréticamente construida, con más aportes por supuesto de las culturas más avanzada pero que deja espacio para ciertas virtudes evocables en caso de ser necesarias para las elites, ¿tiene este proceder un fin? ¿es este un comportamiento que en algún momento termina? Las respuestas a estas preguntas pueden ser un gran “depende”. ¿Cuántos mundos se descubrieron a sí mismos cuando Colón llega a las Bahamas? Si es Chile una cultura creada por el sincretismo ¿Qué eran los castellanos del siglo XV o los habitantes del archipiélago caribeño? En este punto podría evocarse la consigna de que cierta identidad si es diferenciable y por tanto la cultura definida en ciertos marcos queda plenamente justificada. Nosotros y ellos así toma la forma de una forma de decirnos a nosotros quienes somos, nos permite conocer y en gran medida podríamos decir que esto es cierto. Construimos nuestra identidad a partir de oposiciones. Buscamos lo agradable y nos alejamos de lo doloroso  ¿podríamos considerar el llanto de un bebé un acto punible frente al rostro extraño? Su único conocimiento del mundo y fuente de todo lo agradable es su madre después de todo. Con el tiempo el bebé aprende a diferenciar el rostro de su padre y sus hermanos. Su mundo a conocido a otros y el nuevo planeta se llama “familia”. A medida que crece en este sincretismo adquiere hábitos y nuevas nociones de lo que es agradable y desagradable; otros extraños aparecen y otros encuentros de mundos se realizan mientras las fronteras se van ampliando. ¿podríamos diferenciar donde comienza ese ser primigenio y donde se integraron los demás elementos? ¿podría ese ser enarbolar la bandera de su identidad?

Lo curioso de reconocer la forma de abrirnos paso por el mundo es que es algo que se nos da de manera natural. Personas, comunidades y países crecen en torno a esta idea y sin embargo existe un momento en el que este proceso se detiene. Existe un punto de inflexión en las vidas de las personas en que somos capaces de decir basta, reconocer un número limitado de ellos y de nosotros, asentarse en lo que nos asemeja y como ellos no entran en ésta categoría. De pronto reconocer a otra persona se asemeja a un viaje incierto por el Atlántico. ¿Cuál es el fin de esto? Una respuesta posible es proporcionar una identidad, aunque esta respuesta es bastante simple; no obstante, la pregunta que debemos plantearnos, más allá de las aprensiones personales que tengamos al respecto de lo anterior ¿tiene este proceso un final?

Un caso que podría parecer anecdótico es la celebración de Halloween en Chile. Las posiciones frente a esta elebración se concentran en dos principalmente: Quienes consideran inofensiva a esta y quienes no lo hacen. Por una parte, se entiende que si los niños se disfrazan de criaturas aterradoras no tiene nada de nocivo, pues ¿Qué daño podría hacer el gesto de un niño golpeando una puerta para pedir dulces? No obstante, esto podría considerarse también una intromisión, la invasión de una cultura foránea que no tiene raíces en nuestro “nosotros”. ¿Por qué he de conmemorar una fecha que tiene su génesis en el extranjero? ¿No basta acaso con lo que ya tenemos? Mención aparte es el sincretismo, capacidad antiquísima de la iglesia católica, empelado en el “llamado festival de la luz” en el que los niños se disfrazan de personajes bíblicos o criaturas celestes. Después de todo, esto es más parecido a nosotros ¿no es así?

Como nota final, quisiera instar a la reflexión personal de nuestro presente. Tenemos ante nosotros un momento muy interesante en lo que se refiere al encuentro de lo que nos parece distinto. Personas de cada vez partes más diversas del mundo hallan en Chile una alternativa interesante para asentarse. Ésta no es más que una de tantas instancias en la que nos sacude la oportunidad de confrontar a nuestra sacralidad patria, así como italianos, alemanes y croatas nos regalaran hace aproximadamente un siglo la oportunidad de enriquecernos. Está en nosotros encontrar ese balance entre lo que somos y en lo que nos estamos convirtiendo constantemente, pero sin perder de vista desde dónde venimos y como hemos decidido mirarnos.

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